Yo, Fernando

Fernando Fernán-Gómez

Javier de la Nava
Profesor de Macroeconomía y Gestión de Riesgos del Grupo Educativo CEF.- UDIMA.

Lo+social

Nací en Lima, pero me sacaron de Perú casi de contrabando. Días después, el 28 de agosto de 1921, fui inscrito en el Consulado español en Buenos Aires. Mi abuela con sesenta años se desplazó a la ciudad del Plata para hacerse cargo del regalo que la Providencia le hizo a mi madre a sus dieciocho años. Al poco tiempo mis progenitores rompieron relaciones y mi madre dejó la compañía de Doña María Guerrero (mi abuela paterna). Según mi madre porque él prefirió casarse con otra; según mi abuela mi padre no aguantaba a mi madre “Carola, quiero mucho a su hija, pero es muy bestia” le había dicho. De mi padre apenas supe. Buen actor, murió en un naufragio años después.

Con nueve meses volví a España con mi abuela, mi madre me reclamaba. Las dos cosas que más me gustaban de niño eran los tebeos y el cine, a donde no dejé de ir incluso durante la guerra civil. Los ciudadanos no implicados ideológicamente esperábamos la paz, pero llegó la victoria. De mi primera infancia recuerdo la luz amarilla de una bombilla en habitaciones con una cama. Las precariedades no me afectaban porque tenía a mi abuela, toda ternura, mi madre, misterio y lejanía. Las aulas donde aprendí las cuatro reglas y los nombres de los océanos eran pequeñas, apenas seis u ocho pupitres.

Aunque mi madre prefería que fuera abogado o médico y mi abuela oficios como ebanista o cajista de imprenta, desde muy joven me atrajo el teatro y con dieciséis años debuté en escena. El ambiente me pareció sórdido, estúpida la comedia y distantes los otros actores, mayores que yo.

Un par de años después ingresé en la compañía del teatro de la Comedia. Enrique Jardiel Poncela me ayudó mucho en mi intención de querer ser un actor conocido y dejar de pasar hambre en casa, en un Madrid con luto en infinidad de hogares, exiliados o presos en otros, racionamiento y cortes de agua y luz.

Mi salto a las pantallas se produjo en 1943 y en tres años hice dieciséis películas, siete de ellas como protagonista. Mi primer gran éxito fue Botón de ancla, en 1947, película que forma parte de la historia del cine español. También tuvieron gran repercusión, en 1950 Balarrasa, una película de curas y de guerra, y en 1951 Esa pareja feliz. Sus guionistas, Bardem y Berlanga, influidos por el neorrealismo italiano, presentaban la autenticidad de la posguerra y el bloqueo económico.

Di el salto a la dirección con La vida alrededor y La vida por delante, en donde aparecen las verbenas, el utilitario, la lotería o los cursos por correspondencia. Retratar la vida del español medio era hacer un cine más auténtico en un momento en el cual la industria carecía de prestigio, solidez y seguridad. En 1957 rodé El inquilino, prohibida por afrontar la escasez de la vivienda.

La estrechez económica, la presión del cine americano para controlar mercados, la falta de formación de los primeros profesionales y la censura, fueron enormes dificultades para nuestro cine. Para mí fue una época de oscuridad total, una travesía en el desierto. Pero la década de los setenta fue mi mejor verano, aunque me llegó en pleno otoño vital. Un día, en un rodaje encontré a mi compañera de vida, Enma. Era joven, hermosa y alegre. Le gustaba leer, quería trabajar en el cine, en el teatro, dirigir películas, escribir, cambiar el mundo. Desde entonces compartimos proyectos, confundimos recuerdos, trabajamos y esperamos juntos. A la edad de sesenta y tres años me divorcié de María Dolores Pradera, tras más de treinta años de separación por mutuo acuerdo. Su trato siempre fue elegante y respetuoso, no me molestó nunca y creo que yo a ella tampoco.

El final del franquismo supuso mi propia transición, pasé del cómico perdedor al galán maduro en varias obras maestras. Se hicieron películas muy distintas a las realizadas durante la anterior década y media. Los nuevos directores exprimían mi profesionalidad y experiencia. Yo mismo, detrás de las cámaras también notaba el cambio. Encontré en géneros como la picaresca esa forma de arte que define nuestra española manera de ser.

La eventualidad de mi oficio me hace sentir joven. ¿Por qué? Porque siempre espero una próxima oferta de trabajo, como cuando hace treinta años no tenía ninguna, o hace sesenta eran miserables. Intervine en más de ciento cincuenta películas y algunas fueron brillantes. Quisiera mencionar tres de ellas que fueron especiales para mí: Belle époque (1992) de Fernando Trueba, a la que le dieron el Oscar de Hollywood; El abuelo (1998) bajo la dirección de José Luis Garci, y La lengua de las mariposas (1999) dirigida por José Luis Cuerda. En ellas me identifiqué plenamente con mis personajes. Al interpretar sigo el método Stanislawsky, procuro situarme en el estado de ánimo de mi personaje: alegre, asustado, iracundo o resignado. Tras lo cual, trato de sacar lo mejor de mi oficio.

Tengo fama de antipático o malhumorado, pero es una autodefensa frente a los latosos y pesados que no me satisface y genera impopularidad. En ocasiones he sido impertinente, aunque nunca con personas amables y educadas. Yo y mis circunstancias.