Pasarela Davos (ver y dejarse ver)

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Javier de la Nava
Profesor de Macroeconomía y Gestión de Riesgos del Grupo Educativo CEF.- UDIMA.

Economía

El negocio bancario se basa en el crédito y este en la confianza. Depositamos nuestros ahorros en un determinado banco en la seguridad de que lo van a custodiar de forma tal que, cuando los necesitemos, podremos acudir a sus oficinas a sacar nuestro dinero y nos lo devolverán sin ningún tipo de problemas.

Concedemos al banco el valor de nuestra confianza basados en las garantías que, para ello, nos dan las instituciones reguladoras como el Banco de España y el Banco Central Europeo, lo que nos libera de los miedos e inseguridades en los que incurriríamos de no disponer de esta supervisión.

Sin los bancos no sería posible la expansión de la economía, ya que una de las funciones más impactantes de la banca es su capacidad para crear dinero. Sí, así como suena: los bancos son capaces de crear dinero.

En un ejemplo muy sencillo: supongamos que Juan deposita en el banco sus ahorros cuya cuantía es de 1.000 euros y que, como Juan, lo hacen también sus vecinos quienes depositan cada uno sus propios excedentes de dinero, siendo la suma de los ahorros depositados en el banco, por ejemplo, de 100.000 euros.

El banco es consciente que, salvo un cataclismo, no todos los depositantes acudirán al banco a la vez a recuperar sus ahorros y ello les hace tener la cuasi seguridad de que, manteniendo un pequeño porcentaje de esos ahorros en la caja, por ejemplo, un 10 % (el coeficiente legal obligatorio es del 1 %), el resto de lo depositado lo podrían prestar a otros clientes interesados en emprender negocios.

Así, el banco dispondrá de 90.000 euros (de los 100.000 depositados) para poderlos prestar o otros clientes con las debidas garantías.

A partir de ese momento, el problema del banco reside en seleccionar oportunidades de negocio y es ahí cuando nos acordamos de la figura de los emprendedores. Distintos empresarios compiten entre ellos para merecer el crédito del banco. Finalmente, el banco decide apostar por uno de ellos, Mateo, un joven que anhela montar su propio negocio, en este caso, un restaurante. Y, gracias a los 90.000 euros prestados por el banco más sus propios ahorros, consigue abrir su ansiado local proporcionando, además, trabajo a otras dos personas. Para ello, también tuvo que contratar con una empresa especializada la ejecución de las obras, lo que se tradujo en pagos a proveedores y a empleados, por la mano de obra, de los que una parte de los mismos (pongamos 25.000 euros) acabaron depositándose de nuevo en el banco. Por otra parte, el negocio empieza bien y ello permite al emprendedor depositar en el banco 20.000 euros para sus necesidades operativas, entre otras, la de pagar los 3.000 euros de las nóminas mensuales de sus dos empleados.

El banco hace cuentas y observa que tiene en su pasivo: depósitos por valor de 148.000 euros (100.000 + 25.000 + 20.000 + 3.000) mientras que en su activo mantiene el préstamo concedido de los 90.000 euros. El exceso de depósitos le permite poder prestar hasta el 90 % de los mismos, es decir, 133.200 euros, lo que significa, considerando los 90.000 concedidos anteriormente, que podría prestar otros 43.200 euros más, iniciándose de nuevo el ciclo virtuoso del crédito.

En este sencillo ejemplo vemos cómo, gracias a la profesionalidad del banco, pero, sobre todo, a los ahorros de Juan y de otros como él, ha sido posible financiar la instalación del restaurante de Mateo, ejecutar unas obras, contratar dos empleados y, además, disponer de 43.200 euros para volver a prestarlos a un nuevo emprendedor.

Podríamos concluir diciendo que, gracias al banco, nuestro barrio ha mejorado su actividad económica, al contar con un nuevo negocio y con dos trabajadores más. Y todo ello ha sido posible a partir de los 100.000 euros de ahorros depositados inicialmente por sus clientes, que la actividad bancaria ha logrado convertir en 148.000. Este es un ejemplo sencillo del llamado "efecto multiplicador del dinero" en el sistema financiero.

Visto así, seguro que la mayoría de los lectores coincidirán en la necesidad de que existan los bancos y de que estos realicen con la mayor profesionalidad y eficacia su labor primordial de conceder créditos, en aras del interés de todos los ciudadanos.

Estoy seguro de que si los bancos fueran capaces de explicarnos mejor su función social y económica, gozarían de una mejor reputación ante los ciudadanos ya que, sin el concurso de la actividad bancaria, no sería posible el crecimiento. Sin buenos bancos, estaríamos condenados a seguir dando vueltas a la noria moviendo el mismo agua y aplicando viejos procedimientos cuya mejora dependería exclusivamente del favor de los más adinerados que, por esta misma razón, no precisarían del crédito del banco.

La realidad es que nuestra economía se desarrolla, evoluciona y crece gracias a los emprendedores, pero no es menos cierto que muchos de ellos no podrían alcanzar sus propias metas sin la valiosa ayuda de los bancos.